Cena Internacional

La noche empezaba con mal pie, los planes se desmoronaban y la melancolía se apoderaban de ella. El secreto de no estresarse ante la posibilidad de quedarse entre las rejas de su casa era improvisar. Pero ¿cómo?... ya daba igual, si tenía que salir del país lo haría, pero ahí no se iba a quedar. Sin embargo no tuvo que hacerlo, como caido del cielo una amiga la llamó para participar en una cena en la que nadie se conocía, tan solo la anfitriona conocía a sus invitados. La cena se planteaba tranquila, un grupo de gente adulta en una casa con botellas de vino, chivas, cerveza y algúna bebida más. Lo especial de la cena no era la diversidad de edades, o lo alejada de cualquier escéntrica ciudad. Sino que todos pensaban que eran los nuevos, la realidad era que nadie se conocía, simplemente era una noche improvisada, incluso desconocida por lo raro de la situación. Lo mejor de todo era que a mendia que la gente se presentaba, se aclaraba el dato de la nacionalidad. Una pareja de Paraguay, una chica alcalaína de Perú, una caótica pareja de Cuba ella y de Italia él. Y solo dos españoles en toda la velada, porque mi quedira amiga era también de Perú. Lo que la diferenciaba de su hermano era que la anfitriona había vivido en Roma cinco años y otros cinco llevaba ya en España. Pero no era la única con viajes a las espaldas, porque el Italiano no sabía nada de Italia, desde que su memoria le alcazaba al mirar atrás, había vivido en Ecuador, y tenía más acento de esas zonas latinas que de la Europa fría a este lado del océano. Se formó un grupo de estudiantes, mecanicos, administrativos, parados y hasta trabajadores de una embajada. Una situación cuyas conversaciones eran a veces desconocidas para ella. Se hablaba de ropa vieja, choclos, chile, tamales y hasta cuyes. Entre todas esas cosas le hizo gracia saber que los cuyes son unos pequeños roedeores cocinados por tierras sudamericas, al contrario de aquí que los consideramos mascotas. A medida que el tiempo pasaba más le apasionaba la reaccion de aquellas personas ante las diferencias con los europeos.
Al final la diversidad cultural que se reunio aquella noche dio mucho que hablar sobre las experiencias de cada uno, una situcaión poco habitual pero enriquecedora. En la animada conversación se cruzaron opiniones y se dio paso a temas muy típicos como coches, parejas y discotecas. Todo ello en un loft muy tranquilizador que podía dar inclusio la sensación de frío, el humo del tabaco envolvía todo y un pequeño bicho peludo que se podía considerar un perro que correteaba por el salón con una pelota intentando engatusar a alguno de los presentes para que jugara con él.
Las ventanas del piso estaba abiertas de par en par, entrando así la brisa fresca de la noche, con un clima agradable, gracias al veranillo de San Miguel, que daba una pequeña tregua antes de entrar en el frío otoño. Una estación que indica el preludio del frío invernal de Madrid, ese frío que se mete en las entrañas, calando hasta el último hueso de la muchacha. La noche era cerrada, no había ninguna luz que indicara la presencia de las estrellas en el firmamento. Tan solo las faroas de las calles iluminaban el ambien algo más de lo habitual, eran fiestas en aquel apartado pueblo de Guadalajara.
Entre tantos cambios de música, desde So Pra Contrariar hasta la última sesión de música electrónica del momento, los ánimos empezaron a bajar, el alcohol hacía su efesto entre los invitados más apasionados, mientras que el sueño hacía mella en ella, que a diferencia del resto no bebió ni una gota de alcohol. Finalmente unos se marcharon, otros se acostaron en una de las habitaciones del loft y otros decidieron ayudar a recoger el desastre formado para dar paso a la despedida final. No se sabe cuando se volverían a ver, la vida hace que los caminos de cada uno se dispersen, pero todo podría ser, a lo mejor la siguente velada sería en otra ciudad del mundo.
Comentarios
Publicar un comentario